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lunes, 10 de octubre de 2011

Un paseo por la playa ajetreado - Adivín Serafín

Recorría la playa remojando mis pies y dejando que mi cabeza se airease. Apenas quedaba gente, conviertiendo la hora en perfecta para caminar por mis pensamientos. Una vocecilla rompió el ruidoso oleaje. Miré a un lado y otro. Pensé que era un niño. La vocecilla se volvio a oir. Venía del agua. No quedaban niños ni siquiera debajo de las olas. Insistió. Observé inquisitivo allí de donde parecía venir la voz.
-Sí, es a ti. El que lleva ese gorro tan hortera.

No había duda, se dirigia a mí. Seguía sin vislumbrar a la artífice de la vocecilla.
-Mírame, so torpe. Soy yo, la medusa que está a tu lado.
Al fin la vi. Di un paso atrás, con miedo a que me picara. Me tranquilizó. Aquella que veía allí era una medusa encantada. Una bruja le robó su vida de princesa y la metió a calzador en aquel mundo salvaje. Quería que yo la salvase: la sacara de la indómita mar, la llevara delante de un prícipe azul y hiciese que la besara.
Busqué un bote de cristal en mi infalible bolsa, lo llené de agua y metí con un palo a la medusa (todavía no las tenía todas conmigo). Sali de la playa, fui al aparcamiento y cogí mi coche. Mientras daba al encargado mi tarjeta de usuario, me vino a la chola a donde llevarla. Salí de la ciudad camino de mi casa de campo. Nada más llegar, no abrí la puerta ni encendí las luces de la entrada. Llevé al tarro a una charca cercana, llena de ranas. Solté a la medusa y me marché. A estas alturas seguro que encontró a la que era un principe encantado, se besaron y colorín colorado.
Adivín Serafín