Mientras papá croa a la noche, mamá termina de preparar la libélula para la cena. Mis hermanos pequeños agitan sus colas de renacuajo al verme y me emociona comprobar cómo han crecido desde que pude escabullirme la última vez.
Mamá me sirve una de las patas más crujientes y me mira con orgullo para que bendiga la mesa. En cuanto termino, me vuelven loco con mil preguntas sobre el reino e imaginan montones de heroicidades principescas. Asiento a casi todo por absurdo que sea y veo cómo se mueren de envidia, mientras yo, el único que logró transformarse en diez generaciones, sólo pienso en volver a croarle a la noche desde mi charca.
Rocío Romero
Contando las horas