lunes, 17 de octubre de 2011

Las ranas - Fernando Vicente

Me gustaba levantarme el primero. Me daba tiempo para hacer cosas o para disfrutar de la soledad antes de que los niños lo invadieran todo. Solía aprovechar para limpiar la piscina —apenas una charca, no se crean— de las hojas que hubieran caído. Ya se sabe que en verano los niños se lo pasan bomba en el agua y a mí me gustaba tenerla bien cuidada.
Un lunes, al retirar las hojas, descubrí una rana que, de inmediato, se zambulló hasta el fondo. La observé  más con curiosidad o asco que con miedo. Con un recogehojas de mango muy largo la acorralé contra una de las paredes y la saqué.  La lancé por encima de la valla lo más lejos que pude. Con todo, pude escuchar el ruido como de naranja podrida que hizo al golpear el suelo.  Me alegré de que los niños no la hubieran visto. Tampoco le dije nada a mi mujer, que era muy aprensiva.
El martes encontré tres ranas. No sé por qué, me sorprendí más que el día anterior. Quizás esperaba haber dejado todo resuelto al deshacerme de la primera rana, como si no hubiera más en el mundo. Aquellas tres no tardaron en volar.
El miércoles aparecieron quince o dieciséis. Ni asco ni sorpresa, ni siquiera fastidio, lo que sentí fue enfado. A toda prisa, sin entretenerme en retirar las hojas, las saqué y las hice desaparecer. Casi me pilla mi mujer. Pensé que quizás lo mejor, hasta que hallara otra solución, sería cubrir la piscina cuando nos fuéramos a dormir. Lo haría al día siguiente, me dije.
El jueves llovió todo el día sin parar, por lo que no salimos de casa. Quizás por eso los niños estuvieron más pesados que de costumbre y me pusieron un dolor de cabeza terrible. Me costó mucho dormirme.
Cuando desperté el viernes me encontré solo. Salté de la cama y fui a la cocina. Mi mujer estaba paralizada delante de la ventana que daba al jardín. Temblaba. Apenas la escuché cuando dijo «¿qué es eso, Fele?». El jardín estaba cubierto de ranas. En silencio, las ranas nos observaban a través del cristal.
Miré a mi mujer. Estaba aterrorizada. La abracé todo lo fuerte que pude para calmarla, pero ni aún así logré que dejaran de temblar sus antenitas.

Fernando Vicente (Depropio)
Las palabras que me sobran





12 comentarios:

Hank Moody dijo...

Magnífica demostración de la importancia de la última frase —de la última palabra, incluso.

Rosa dijo...

Si yo tuviera "antenitas" también estaría aterrorizada...Buenísimo.

Puck esta charca ya no es charca...Es un spa de lujo.
Enhorabuena a los dos y besazos desde el aire

Rocío Romero dijo...

Joeee, estaba esperando para saber por qué esa proliferación increíble... y resulta que tenían antenitas, brutal O-O
Me sumo al comentario de Hank
Qué bueno chicos, enhorabuena a Fer y besos a los dos

Anita Dinamita dijo...

Lo mejor es que el padre siempre mantiene su sangre fría!!!
Está buenísimo, ranitas.
Abrazos

sqa dijo...

Puaj! Es genial!

Enmascarado dijo...

Genial relato, animándose hasta el final, bueno menos una palabra. Con la última, para enmarcar.
Saludos.

Reina dijo...

Sorpresivo final... de maravilla...!

Ana dijo...

Me hiciste acordar a una pesadilla de mi infancia. Salía al patio de mi casa y estaba cubierto de sapos. Sapos por todos lados, estaba rodeada. No recuerdo muy bien si me temblaron las antenitas.

Me encantó el relato. Me gustó eso de que al empezar a leer te parece que es una historia trivial y de pronto se dispara así. Buenísimo!

Saludos!!

depropio dijo...

Gracias a todos por vuestros halagos, tan amables como inmerecidos, y a Puck por su invitación.
Ahora la pelota está en vuestra cancha. Seguro que tenéis muchas historias de ranas que contar

Hank Moody dijo...

Dile a tu familia de "antenitas" que se preparen: cuando llegue mi niña rana no van a tener dónde esconderse ;-)

Puck dijo...

Menos mal que la charca es infinita y no tiene problemas de sobrepoblación jejeje Fer, mil gracias por este batallón de ranas.

A todos los demás gracias por chapotear en la charca con vuestros comentarios

Saludillos
croak, croak

carlos de la parra dijo...

Excelente y con tanta magia, que en cuanto lo leí empezó a cantar la primera rana.
Y estoy hasta California.