jueves, 1 de noviembre de 2012

Me gustan las ranas - Purificación Menaya





De niña siempre quise tener una rana. En nuestras excursiones familiares al río Gállego, cuando me acercaba a la orilla, los resbaladizos batracios saltaban a cada paso, y desaparecían en el agua. Nunca iba preparada para la caza: ni red, ni nada, con las manitas intentaba atraparlas, sin éxito ninguno. Mi padre me decía que había que ir por la noche y engañarlas con una linterna. Acudían a la luz y con una red, eran tuyas. Pero nunca fui con él a cazar ranas de noche. Cuando tenía doce años mi padre hizo un viaje al extranjero y me trajo de regalo una rana de juguete. ¡Una enorme rana de Fisher Price, a los doce años! “La vi en el aeropuerto y como te gustan tanto las ranas... pensé que te gustaría”, dijo mientras yo miraba con desprecio aquel juguete de bebé, que se burlaba de mí con su boca enorme. Los padres, no entienden nada de nada. Yo quería una rana de verdad y allí estaba él con ese plástico verde que croaba y saltaba al apretar la perilla. A partir de entonces, supe que hay que dejar muy claros nuestros deseos, y aún así, siempre pueden ser malinterpretados.
En la adolescencia, aquella rana tampoco tenía mucho futuro, si la hubiera besado, lo mejor que habría salido de ella habría sido un príncipe de plasticucho, un Ken o similar, ¿no? Y como la Barbie y su familia siempre me daban arcadas, mejor ni probarlo. Luego creí que besaba príncipes, que inevitablemente se convirtieron en sapos, y al final sigo pensando que las mejores ranas donde mejor están es en la charca. Bueno, también hay una que me acompaña en el sofá las tardes de domingo, mientras nuestras ranitas juegan en la alfombra con una gran Fisher Price que también les ha regalado su abuelo.

Purificación Menaya 

1 comentario:

Puri dijo...

Gracias, Mar, encantada de estar chapoteando otra vez en la charca.
Croacks cariñosos